Publicado por la psicóloga Carmen Alonso el día 03 de Marzo de 2026

La soledad: ¿Enfermedad del siglo XXI?


 

La soledad es una experiencia que todos conocemos. Algunos la atraviesan, otros la padecen, hay quien la disfruta y también quien la teme. Forma parte de la condición humana y se manifiesta de distintas maneras.

Podemos entenderla a partir de dos dimensiones fundamentales:

  • Elemento físico: la ausencia de relaciones interpersonales.
  • Elemento psíquico: la vivencia subjetiva de sentirse solo.

El problema aparece cuando la soledad no es elegida. Cuando no sabemos salir de ella ni aprender a convivir con esa situación, las emociones se intensifican y pueden derivar en estados depresivos.

A menudo se asocia la soledad con el número de amistades, la necesidad de una pareja estable o la cantidad de compromisos sociales. Sin embargo, esta obsesión por la cantidad resulta engañosa. Lo verdaderamente relevante es la calidad de los vínculos y cómo nos hacen sentir. La soledad impuesta suele ir acompañada de tristeza, disgusto e incluso momentos de anhedonia.

Una posible vía para afrontarla es fomentar o reconstruir nuestras relaciones personales. No obstante, determinadas circunstancias profesionales o sociales pueden dificultar la creación de esa red de apoyo. Cuando esto sucede, también podemos recurrir a recursos internos.

Algunas estrategias que pueden ayudarnos son:

  1. Adoptar una visión positiva de la soledad. En lugar de verla como algo negativo, podemos entenderla como una oportunidad para conocernos mejor, escucharnos y valorarnos.
  2. Itinerarios de recuerdo. Consisten en elegir un recuerdo significativo y revivirlo conscientemente. Los recuerdos pueden convertirse en una fuente de bienestar, y la soledad ofrece el espacio ideal para conectar con ellos.
  3. Hablar en voz alta con uno mismo. Aunque durante mucho tiempo se ha asociado erróneamente con la “locura”, verbalizar pensamientos, deseos o emociones puede resultar liberador y beneficioso.
  4. Planificar. Organizar cómo afrontar situaciones complicadas, preparar celebraciones futuras o iniciar nuevos proyectos aporta sensación de control y propósito.
  5. Desarrollar habilidades sociales. La soledad puede ser un buen momento para reflexionar sobre cómo nos relacionamos y qué podemos mejorar.
  6. Realizar un pequeño viaje. Cambiar de entorno, aunque sea por poco tiempo, puede ofrecer nuevas perspectivas y experiencias enriquecedoras.

En definitiva, desde el nacimiento estamos destinados a vivir momentos de soledad. Pueden ser breves o prolongados, deseados o rechazados, previstos o inesperados. No siempre podremos evitarlos, pero sí podemos decidir cómo afrontarlos y qué aprendizaje extraer de ellos.