La soledad es una experiencia que todos conocemos. Algunos la atraviesan, otros la padecen, hay quien la disfruta y también quien la teme. Forma parte de la condición humana y se manifiesta de distintas maneras.
Podemos entenderla a partir de dos dimensiones fundamentales:
- Elemento físico: la ausencia de relaciones interpersonales.
- Elemento psíquico: la vivencia subjetiva de sentirse solo.
El problema aparece cuando la soledad no es elegida. Cuando no sabemos salir de ella ni aprender a convivir con esa situación, las emociones se intensifican y pueden derivar en estados depresivos.
A menudo se asocia la soledad con el número de amistades, la necesidad de una pareja estable o la cantidad de compromisos sociales. Sin embargo, esta obsesión por la cantidad resulta engañosa. Lo verdaderamente relevante es la calidad de los vínculos y cómo nos hacen sentir. La soledad impuesta suele ir acompañada de tristeza, disgusto e incluso momentos de anhedonia.
Una posible vía para afrontarla es fomentar o reconstruir nuestras relaciones personales. No obstante, determinadas circunstancias profesionales o sociales pueden dificultar la creación de esa red de apoyo. Cuando esto sucede, también podemos recurrir a recursos internos.
Algunas estrategias que pueden ayudarnos son:
- Adoptar una visión positiva de la soledad. En lugar de verla como algo negativo, podemos entenderla como una oportunidad para conocernos mejor, escucharnos y valorarnos.
- Itinerarios de recuerdo. Consisten en elegir un recuerdo significativo y revivirlo conscientemente. Los recuerdos pueden convertirse en una fuente de bienestar, y la soledad ofrece el espacio ideal para conectar con ellos.
- Hablar en voz alta con uno mismo. Aunque durante mucho tiempo se ha asociado erróneamente con la “locura”, verbalizar pensamientos, deseos o emociones puede resultar liberador y beneficioso.
- Planificar. Organizar cómo afrontar situaciones complicadas, preparar celebraciones futuras o iniciar nuevos proyectos aporta sensación de control y propósito.
- Desarrollar habilidades sociales. La soledad puede ser un buen momento para reflexionar sobre cómo nos relacionamos y qué podemos mejorar.
- Realizar un pequeño viaje. Cambiar de entorno, aunque sea por poco tiempo, puede ofrecer nuevas perspectivas y experiencias enriquecedoras.
En definitiva, desde el nacimiento estamos destinados a vivir momentos de soledad. Pueden ser breves o prolongados, deseados o rechazados, previstos o inesperados. No siempre podremos evitarlos, pero sí podemos decidir cómo afrontarlos y qué aprendizaje extraer de ellos.
